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Miseria
en Honduras:
Ni $2 tienen miles de familias para comprar agua
potable
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Martha Francisca Alvarado es una mujer de 43 años que aparenta
60. Vive cerquita de una quebrada de agua salada en la que se baña
y lava la ropa de sus hijos y nietos, pues no cuenta con el servicio
de agua potable en su hogar ni con el dinero necesario para comprar
más agua que la necesaria para hacer sus alimentos y saciar
su sed.
Ella es parte de los más de dos millones de hondureños
que no cuentan con el servicio de agua potable domiciliario y que
tienen que trabajar para abastecerse del liquido en los carros cisternas
que circulan a diario por los cerros de la ciudad capital de Honduras.
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Martha Francisca Alvarado
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Tegucigalpa es una ciudad de más
de un millón de habitantes, de los que no todos tienen acceso a
un servicio domiciliario de agua potable.
Después del paso del huracán Mitch por el territorio hondureño
-en 1998- el sistema de distribución de agua y alcantarillado evidenció
su vulnerabilidad y obligó a las autoridades a volver sus ojos
a este sector, lo que, sin embargo, no resolvió el problema de
Martha Francisca que sigue sin tener acceso al servicio.
Martha Francisca reside en el sector dos de la colonia 17 de septiembre,
un poquito arriba de la imponente Catedral de la Virgen de Suyapa, en
un lugar que sirvió como crematorio municipal hasta finales de
la década de los años 60.
Su casa -que está casi sobre el lecho de una pequeña quebrada
que en esta época de invierno es el lugar preferido de juego de
sus tres hijos pequeños y sus tres nietos, de la misma edad, a
pesar de los altos índices de contaminación de sus aguas-,
no cuenta con servicios de agua potable, eliminación de excretas
y mucho menos luz eléctrica.
En medio de su pobreza extrema, doña Martha Francisca se siente
privilegiada en época de invierno porque no debe ir hasta el píe
del cerro (allá a unos cinco kilómetros de distancia) a
buscar agua para su aseo personal y el de sus ropas.
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"En invierno, es una bendición de Dios esta quebradita,
porque mire allá en el cerro tenemos un pocito que en verano
no nos alcanza, una gente jala agua en el día y otra en la
noche. El pocito está en el pie del cerrito, allá,
y vamos a hacer cola, a hacer turno", señala. Para llegar
a ese lugar tienen que caminar mucho.
Esta es agua que solo sirve para lavar, no apta para el consumo
humano.
"Ahorita (en invierno) todos esos arroyos de agua corren y
no nos falta el agua, ahora por agua no sufrimos", reitera.
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EL AGUA: Un lujo necesario
Martha Francisca es el ejemplo de miles de hombres y mujeres que en Honduras
deben trabajar "de sol a sol" para "darse el lujo"
de comprar, al menos dos veces a la semana, agua potable.
Esta mujer -que se dedica a hacer y vender tortillas- requiere de "unas
cuatro garrafas de agua, cada tres días" para cubrir sus necesidades
básicas, sin que en estas cuente el aseo personal, la eliminación
de excretas y el aseo de ropa. "El agua que compramos es estrictamente
para beber y hacer la comida", dice.
Cada "garrafa" de cinco galones de agua tiene un valor de 0.15
centavos de dólar, lo que le representa una inversión semanal
de al menos 1.20 dólares.
Entre tanto, la actividad económica que realiza le representa
un ingreso diario promedio de 1.20 dólares al día, dinero
con el cual deben cubrir sus necesidades más básicas, que
son de alimentación y compra de agua. No obstante, comenta, hay
días que la venta es mala "y así como las echamos (las
tortillas) así regresan".
"Mire, yo trabajo para comprar agua y la comidita", comenta.
Es esta la razón por la cual deben priorizar en la inversión
del dinero día a día.
"Cuando tenemos poquito dinero solo compramos agua para ellos (
los niños) entonces no lavamos. Guardamos la ropa para cuando ya
tengamos agua", explica.
"Con el dinero que conseguimos tenemos que comprar todo, tenemos
que economizar para todo, para darles su comidita a los niños y
un poquito de agua, no compramos bastante agua sino que poquito a poco
vamos comprando todo", agrega.
La mujer - delgada de cuerpo, desgreñada, piel curtida por el
sol, levanta sus ojos al cielo para dar Gracias a Dios porque en medio
de la pobreza sus hijos y nietos están creciendo (aparentemente)
sanos.
"Gracias a Dios ahorita todos (los niños) me han salido sanos,
no tienen enfermedad de la piel ni diarreas", comenta. "Gracias
a Dios porque uno de pobre conseguir para todo es difícil ¿cómo
la mira?".
ECONOMÍA VRS AGUA

Julia Berta Aguilar
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Un drama similar al de doña Martha Francisca , vive a unos
kilómetros de distancia doña Julia Berta Aguilar,
quien a sus 33 años de edad debe trabajar arduamente para
criar a sus seis hijos de 14, 13, 11, 8, 6 y 3 años de edad.
La vida de doña Julia se complicó hace año
y medio cuando a su esposo lo mataron un sábado en el campo
de fútbol de la colonia Nueva Suyapa.
La muerte del "hombre de la casa" complicó la
vida económica de la familia que vio reducidos a menos de
la mitad sus ingresos semanales.
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La crisis económica se refleja en el corte de los servicios básicos
-como el agua y la luz eléctrica- que podían pagarse con
los ingresos que aportaba el marido producto de su trabajo como motorista
de la ruta urbana.
Después de la muerte de su marido, doña Julia no pudo pagar
más los aproximadamente 2 dólares de agua mensual, deuda
que se fue acumulando poco a poco hasta llegar a 108 dólares que
"yo no tengo capacidad de pagar", dice.
Doña Julia también se dedica a hacer y vender tortillas,
actividad con la que obtiene un ingreso diario de 6 dólares dinero
con el cual debe comprar leña, maíz y cal necesarios para
la masa. "de allí solo me viene quedando un poquitillo, gracias
para comer".
La falta del servicio de agua potable (al que tuvo acceso algún
día y mismo que le era ofrecido al menos una vez al mes por el
pago de 2 dólares) le obliga a buscar maneras alternativas de abastecimiento.
Al igual que la mayoría de las mujeres de su sector -a quienes
las une también la pobreza- se abastece del líquido de la
quebrada que baja del cerro de La Montañita.
"Mire, en verano tengo que ir hasta el pozo, allá en el pie
de La Montañita, para lavar la ropa y principalmente los uniformes
de los niños. Es larguísimo, es cerca de un puente que es
bien peligroso, yo voy solo con las niñas, arriesgándome",
explica.
Muestra un alivio cuando señala que "ahora, en invierno,
recojo agua lluvia y lavo aquí en la casa".
El agua para uso humano la compra en una pulpería cercana a su
hogar.
"Yo compro dos baldes diarios de agua (de cinco galones cada uno)
a 0.15 centavos de dólar", dice. "Cuando no hay agua,
dan ganas de salir barajustado (huir a la carrera)", comenta.
Lamenta el no poder contar con ayuda de nadie, pues no tiene ni familia
cerca. "Yo aquí no conozco a nadie, no tengo a quien acudir.
Solo a Dios".
La crítica situación de Julia Berta Aguilar es similar
a la de miles de familia que han levantado sus viviendas a lo largo de
los cinturones de miseria que se han levantado en los cerros que bordean
la ciudad capital, las que deben ingeniárselas a diario para dar
de comer a sus familias, enviar a sus hijos a la escuela y abastecerse
del agua necesario para su uso y aseo personal.
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